Santander, 14 de julio de 2026. El frío de la mañana en Aratoca tiene un ritual que no cambia. Antes de que el sol termine de asomarse sobre las montañas santandereanas, una taza de café comienza a desprender un aroma capaz de despertar la memoria. Para Óscar Daza, ese olor sigue teniendo el mismo significado que cuando era niño: una olla sobre la estufa de leña, el calor de la cocina familiar y el encuentro con sus padres y hermanos antes de empezar la jornada.
"Uno se levantaba y, con el frío de la mañana, se ubicaba ahí a esperar el cafecito y luego a compartir desde muy temprano", recuerda mientras observa los cafetales que hoy cubren las laderas de la Hacienda La Pradera.
Es difícil imaginar que este paisaje, donde miles de árboles producen un café que viaja hasta Estados Unidos, Francia y Asia, alguna vez fue considerado una tierra de escaso valor agrícola. Mucho menos pensar que todo comenzó con un hombre que llegó a estas montañas acompañado únicamente por animales de carga y el deseo de construir un futuro.
La historia empieza en la década de 1940, cuando José Rosario Daza dejó su natal Carcasí, en Norte de Santander, buscando nuevas oportunidades. Era arriero, comerciante y un hombre acostumbrado a recorrer caminos entre Villanueva, Curití y Jordán. No llegó buscando café. Llegó buscando un lugar donde sembrar futuro.
Con el paso de los años adquirió la finca que, décadas después, sería conocida como La Pradera. El nombre nació casi por casualidad. Un día, un hombre le preguntó al padre de Óscar si estaba dispuesto a vender aquellas tierras. Sin ser aún el propietario, decidió ponerle un precio tan alto que nadie aceptaría y comenzó a llamarla La Pradera, esperando que aquel comprador regresara. Nunca volvió.
Por aquellos años, tener una finca en Aratoca era, como recuerda Óscar entre risas, "tener dos alegrías: el día que la compraban y el día que la vendían". Los suelos eran pobres, secos y poco agradecidos. Pocos apostaban por ellos.
Pero la familia Daza decidió hacer exactamente lo contrario.
Óscar pertenece a la tercera generación de cafeteros. Creció viendo cómo la tierra exigía paciencia. Mientras otros niños aprendían a jugar en las calles, él aprendía a reconocer el punto exacto de maduración de un grano de café, a escuchar el clima y a comprender que la naturaleza siempre devuelve, tarde o temprano, el esfuerzo de quienes la respetan.
El gran cambio comenzó en la década de los noventa
Un programa impulsado por el Gobierno nacional, el Ministerio de Agricultura y la Federación Nacional de Cafeteros promovió la siembra de especies forestales como pino y eucalipto. Después del aprovechamiento forestal comenzaron a sembrar café.
Al mismo tiempo, las granjas avícolas de la región buscaban qué hacer con la materia orgánica que producían. Lo que para muchos era un residuo, para la familia Daza se convirtió en una oportunidad para devolverle vida a un suelo que durante décadas había sido considerado improductivo.
Fue entonces cuando apareció un aliado silencioso.
Hacia 1996, el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) desarrolló en la finca pruebas piloto con cultivos de plátano, yuca, maíz y fríjol para evaluar diferentes esquemas de fertilización. Algunas parcelas recibieron únicamente fertilización química; otras, solamente materia orgánica; y otras combinaron ambos sistemas.
Los resultados sorprendieron.
La tierra respondió mejor cuando recuperó su materia orgánica.
Aquellas pruebas no solo fortalecieron los cultivos. También cambiaron la manera como la familia entendía la producción agrícola.
"Cuando la plantación fue creciendo, cada día se veía más fortalecida y más duradera", recuerda Óscar.
Esa experiencia resume buena parte del trabajo que hoy realiza el ICA en todo el territorio nacional. Durante 2025, la entidad desarrolló 308 eventos de comunicación del riesgo en 29 departamentos para fortalecer las capacidades de productores frente a plagas de control oficial, incluyendo jornadas especializadas para el sector cafetero. Estas acciones buscan que el conocimiento llegue al campo antes de que aparezcan las emergencias fitosanitarias y permiten proteger cultivos estratégicos para la economía del país.
Porque producir un buen café comienza mucho antes de la cosecha.
Comienza cuidando el suelo, protegiendo las plantas y entendiendo que la sanidad vegetal es una de las mayores fortalezas de la agricultura colombiana.
Gracias a ese proceso de aprendizaje, la familia Daza decidió dar un paso más.
En 2005 comenzó a comercializar café orgánico y pocos años después entendió que el siguiente reto estaba fuera de las fronteras nacionales.
En 2015 nació formalmente Hacienda La Pradera y, dos años más tarde, realizaron sus primeras exportaciones gracias al acompañamiento de la Cámara de Comercio y ProColombia.
Lo que empezó enviando apenas una parte de la producción terminó consolidándose durante la pandemia.
Entre 2020 y 2021 cerca del 80 % del café producido en la finca encontró destino en mercados internacionales.
Pero exportar café no consiste únicamente en llenar un contenedor.
Detrás de cada embarque existe un trabajo silencioso que pocas veces conoce el consumidor. Los mercados internacionales exigen trazabilidad, calidad y condiciones fitosanitarias que garanticen la inocuidad del producto. Por eso, la vigilancia, el diagnóstico y la prevención de plagas que realiza el ICA son fundamentales para proteger cultivos estratégicos y mantener la competitividad del campo colombiano.
Cada país tiene una forma distinta de entender una taza de café.
Los consumidores estadounidenses prefieren perfiles fuertes, con baja acidez y notas achocolatadas. Los franceses buscan bebidas más aromáticas y delicadas. Mientras tanto, el mercado asiático se inclina por perfiles afrutados, cítricos y procesos innovadores.
Por eso, en La Pradera el café empieza a diseñarse desde el beneficio.
Cada lote se transforma pensando en quien lo beberá al otro lado del océano.
"Lo que buscamos es complacer al consumidor", explica Óscar.
Sin embargo, ningún mercado sería posible sin las personas que hacen realidad cada cosecha.
Durante las temporadas de mayor producción cerca de ochenta trabajadores participan en la recolección y el beneficio del café. En épocas de mantenimiento permanecen alrededor de quince personas cuidando cada árbol.
Uno de los mayores orgullos de la familia Daza es el trabajo conjunto con fincas administradas exclusivamente por mujeres, convencidos de que el desarrollo rural también se construye generando oportunidades para las comunidades.
Detrás de una taza de café hay mucho más que una bebida.
Hay una semilla cuidadosamente seleccionada.
Hay manos que únicamente recogen frutos maduros.
Hay procesos de beneficio desarrollados bajo estrictas condiciones de higiene.
Y hay una convicción profunda de producir respetando la tierra.
Ese compromiso recibió recientemente un nuevo reconocimiento con la certificación otorgada por el ICA.
Para Óscar, más que un documento, representa el respaldo a una historia construida durante décadas.
