En Lejanías, Meta: donde florecen el amor y el mangostino

En Lejanías, Meta: donde florecen el amor y el mangostino
En Lejanías, Meta: donde florecen el amor y el mangostino

Hay cultivos que tardan años en dar su primer fruto. No basta con sembrar. Hay que esperar, cuidar, podar, corregir y volver a creer cuando el tiempo parece detenerse. El mangostino, conocido como la "reina de las frutas", es uno de ellos. Quizá por eso la historia de Carolina Pinzón y Ferney Villegas se parece tanto a este cultivo: una historia construida con paciencia, trabajo y la certeza de que las mejores cosechas nunca llegan de inmediato.

En las montañas de Lejanías, Meta, donde el verde parece no tener fin y el silencio solo lo interrumpe el canto de las aves, esta pareja encontró mucho más que una finca. Encontró el lugar donde decidió echar raíces.

Carolina nació en Villavicencio, pero asegura que fue el amor el que la trajo hasta este rincón del país.

—Gracias a mi esposo hoy me encuentro en esta hermosura que es el municipio de Lejanías, Meta —dice mientras observa el paisaje que ahora también llama hogar.

La historia comenzó muchos años atrás, en una cancha de fútbol de Villavicencio.

Ferney recuerda que llegó a vivir a un barrio donde todas las tardes se reunía con sus amigos para jugar fútbol. Poco a poco empezó a notar que una joven aparecía con frecuencia para verlo jugar.

Entre risas, todavía sostiene su versión de la historia.

—No es que yo le haya llegado a ella; fue ella la que llegó a conquistarme.

Carolina sonríe y, antes de que continúe, le lanza una advertencia que resume la complicidad de dos décadas juntos.

—Mi esposo adorado y amado… cuidadito dices algo malo.

Las carcajadas llenan el corredor de la finca mientras aparece un vino artesanal elaborado con mangostino.

—Esto va para largo —dice Carolina—. Con esto mojamos el paladar.

Y la conversación continúa.

Hoy llevan cerca de veinte años compartiendo la vida. Se casaron en 2013, tienen una hija y construyeron una empresa familiar donde aprendieron que el amor y los negocios también necesitan reglas.

—Una cosa es el amor y otra son los negocios —explica Carolina.

En la casa siguen siendo "mi amor", "mi vida" y "mi cielo". Pero cuando cruzan hacia el cultivo cambian los papeles. Hablan de despachos, pedidos, cosechas, trabajadores y certificaciones. El hogar queda en un lado; la empresa, en el otro. Así han logrado mantener el equilibrio entre la familia y el emprendimiento.

Un fruto que cambió sus vidas

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El mangostino llegó casi por casualidad.

Hace más de dos décadas, un hermano de Ferney compró unos árboles para venderlos, pero el negocio nunca se concretó. Alguien comentó que el mangostino tenía un gran potencial en esta región del Meta y aquella conversación terminó convirtiéndose en una oportunidad.

Compraron la finca entre los dos hermanos. Después vino un préstamo bancario, años de espera y mucho trabajo. Con el tiempo, el hermano decidió vender su parte y Ferney asumió completamente el cultivo.

Antes dependía de un salario trabajando para otros. Hoy reconoce que fue el mangostino el que cambió el rumbo de su economía familiar.

—Prácticamente lo que trabajaba era para meterle al cultivo. Ahora es el cultivo el que sostiene a mi familia.

Pero producir fruta de calidad no depende únicamente del esfuerzo diario.

Detrás de cada cosecha hay protocolos, seguimiento técnico, vigilancia fitosanitaria y el cumplimiento de estrictos estándares que permiten que un alimento colombiano llegue con seguridad a los mercados internacionales.

El camino hacia la exportación

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En ese proceso, el acompañamiento del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) ha sido fundamental. Como relata Justo Pastor, funcionario del ICA.

Desde hace varios años, profesionales de la entidad realizan visitas técnicas permanentes a la finca para orientar a los productores en la implementación de las medidas sanitarias y fitosanitarias exigidas por la normatividad colombiana.

El seguimiento incluye actividades de prevención, vigilancia y control de plagas, muestreos para diagnóstico fitosanitario, verificación del cumplimiento de la Resolución 824 de 2022 y acompañamiento durante todo el proceso de implementación de los requisitos para la exportación.

Ese trabajo permitió que la finca obtuviera el registro como lugar de producción para exportación, además de avanzar en certificaciones como Buenas Prácticas Agrícolas (BPA) y GlobalG.A.P., reconocimientos que respaldan la inocuidad, la trazabilidad y la calidad del producto.

Para Carolina, esos certificados representan mucho más que un documento.

Son la confirmación de que el esfuerzo de tantos años dio resultado.

—Desde que tuvimos la oportunidad de dejar entrar al ICA a nuestro hogar y a nuestra finca, hemos alcanzado logros muy importantes. Hoy contamos con el registro como predio exportador, con las Buenas Prácticas Agrícolas y con GlobalG.A.P. Todo eso nos abre puertas y nos permite seguir creciendo.

Cada visita técnica, cada recomendación y cada requisito cumplido fortalecieron un sistema productivo que hoy responde a las exigencias de los mercados internacionales.

Ferney suele decir que cuida más a su familia que al cultivo. Pero basta verlo recorrer la finca para entender que hace ambas cosas con el mismo cariño.Habla de cada árbol como si conociera su historia. Carolina, por su parte, lidera la relación con los trabajadores, recibe a las instituciones y organiza cada detalle de la empresa.

Los dos coinciden en algo. Su hija llegó cuando sintieron que habían construido un hogar estable.

—Siempre le pedíamos a Dios un hijo sano. Lo importante era que llegara a una familia llena de amor. Por eso siempre le digo que la amé incluso antes de nacer.

Quizá esa sea la razón por la que esta finca produce mucho más que mangostinos.

Produce confianza.

Produce oportunidades.

Produce sueños.

Mientras el Meta continúa consolidándose como un territorio con enorme potencial agrícola, historias como la de Carolina y Ferney demuestran que detrás de cada fruta que llega a un mercado internacional existe mucho más que un cultivo. Hay familias que apostaron por quedarse en el campo, que decidieron hacer empresa desde la ruralidad y que encontraron en el acompañamiento técnico del ICA un aliado para transformar un proyecto familiar en un referente de producción con calidad, sanidad y vocación exportadora.

Porque, al final, el mejor fruto que ha dado esta finca no solo se mide en cosechas. También se refleja en una familia que aprendió que el amor, como el mangostino, necesita tiempo, dedicación y cuidado para florecer.

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