Hijos del campo

Mónica Barrios.
Mónica Barrios.

Hay una forma de aprender el campo que no está en los libros. Se aprende mirando a los padres, siguiendo el rastro de sus manos sobre la tierra, entendiendo que sembrar no es solo enterrar una semilla, sino esperar con paciencia a que el sueño brote.

Mónica Barrios creció así. Entre surcos, cultivos y la certeza de que la tierra devuelve —tarde o temprano— lo que se le entrega con amor. De su padre aprendió a sembrar con ilusión y a sentir orgullo por cada fruto que nacía.

Hoy, cuando camina por estas hectáreas en producción, la nostalgia la acompaña. Él ya no está, pero su presencia sigue viva en cada planta, en cada decisión tomada con respeto por el campo. Todo lo que él les enseñó, ese amor profundo por la tierra, sigue floreciendo.

De su madre heredó la memoria del territorio. Durante años trabajó en el INCORA y aprendió a conocer esta región mejor que muchos. Gracias al esfuerzo conjunto de ambos, hoy existe este pedazo de tierra donde los sueños dejaron de ser promesas y empezaron a convertirse en realidad. La gratitud y el amor son, quizás, las primeras cosechas que brotan aquí.

Como a muchos hijos de campesinos, la vida los llevó un día a la ciudad. Buscaron un futuro mejor, persiguieron la idea de progreso que se ofrece lejos del campo. La ciudad les dio cosas materiales, sí, pero fue en el regreso donde encontraron lo esencial: la tranquilidad. Volver al campo fue volver a sí mismas, a los sueños de sus padres, a la certeza de que la vida también puede crecer despacio.

Este proyecto lo levantaron entre hermanas. Nada fue fácil. Trabajaron la tierra con sus propias manos, enterraron tutores, amarraron plántulas, soportaron el peso del sol. “Yo entierro el tutor y tú amarras”, se decían, mientras el cultivo iba tomando forma. El cansancio era grande, pero mayor era el sentido de pertenencia. Cada planta recta, cada brote firme, era una confirmación de que el esfuerzo valía la pena.

Estas tierras no solo guardan los recuerdos de su padre, sino también la memoria de Alexander Figueroa Barrios, su hijo, quien antes de partir encontró en el campo su vocación. Hoy estas hectáreas no solo producen frutos: cultivan recuerdos, ausencias y la memoria de quienes dejaron sus huellas allí.

Hubo un tiempo en que, como castigo, fue enviado al monte. Seis meses sin ciudad, sin comodidades. En ese tiempo crió pavos, aprendió a hacerse cargo de la vida. Cuando llegó diciembre y su madre volvió por él, la recibió con una frase que aún la estremece: “Mami, ya tenemos la Navidad”. El campo no lo alejó: lo formó. Desde entonces fue un ejemplo de hijo, de estudiante, de ser humano, hasta su último día.

El cultivo creció. Comenzaron con seis hectáreas; hoy ya son nueve. La tierra fue desmontada, preparada, regada, sembrada. Cada etapa trajo nuevos aprendizajes y también nuevos retos. Allí entendieron que el campo no se sostiene solo con voluntad.

El acompañamiento técnico fue clave. Desde el Instituto Colombiano Agropecuario, (ICA)  el trabajo se concentró en la vigilancia, la prevención y el cumplimiento de la normatividad.

“Las labores que desarrollamos en la zona de Repelón están basadas en el cumplimiento de la Resolución 1668 en cítricos: toma de muestras, visitas de vigilancia y control, además de comunicaciones de riesgo permanentes”, explica José Berrocali, ingeniero agrónomo de la Seccional Atlántico del ICA.  En cultivos como la palma, añade, el proceso de inscripción y registro de predios, así como el cumplimiento de la mecánica fitosanitaria, ha sido fundamental para proteger lo que hoy está en producción.

Ese respaldo técnico se articula con esfuerzos locales. Desde la Promotora Hacienda Las Flores, el trabajo de extensión agropecuaria ha acompañado el crecimiento del territorio.

“Este proyecto de extensión agropecuaria y rehabilitación del Distrito de Riego, gestionado por la Gobernación del Atlántico, es una muestra de progreso para el campo”, señala Sergio Fuentes, director de la Promotora.

“Agradecemos al ICA por las capacitaciones en Buenas Prácticas Agrícolas, la normatividad y el acompañamiento permanente a los agricultores en el manejo de plagas y la sanidad vegetal”.

Para Mónica, el campo no es una palabra abstracta. Es la base de todo. “Sin campo no hay ciudad, sin campo no hay nada”, dice con la convicción de quien lo ha vivido. Este terreno es más que una finca: es la presencia de su padre, la herencia de su madre, la memoria de un hijo, y la suma de esfuerzos, pérdidas y resistencias.

Aquí, en este pedazo de mundo, los sueños no se abandonan: se cultivan.

ICA-BOGOTA-17122025-1.jpg

Comparte esta entrada en: