Una colmena llamada AMURAEN: mujeres rurales que tejieron comunidad y transformaron vidas con el acompañamiento del ICA

Asociación de Mujeres Rurales y Agroempresariales (AMURAEN)
Asociación de Mujeres Rurales y Agroempresariales (AMURAEN)

Bogotá, 25 de junio de 2026. En la vereda Altos de Betulia, entre montañas, cultivos y caminos que aún conservan el ritmo pausado del campo, un grupo de mujeres decidió transformar su realidad. Lo que comenzó como una pequeña huerta comunitaria para cultivar alimentos terminó convirtiéndose en mucho más que un proyecto productivo: se transformó en un refugio contra la soledad, una escuela de aprendizaje colectivo y una red de apoyo donde cada cosecha también siembra amistad, bienestar y esperanza. 

Hace tres años, esa iniciativa dio origen a la Asociación de Mujeres Rurales y Agroempresariales (AMURAEN). Agro representa el campo; empresariales, hacia dónde quieren llegar. Una organización integrada hoy por 31 mujeres campesinas que encontraron en la unión una forma de fortalecer sus hogares, su economía y su papel dentro de la comunidad. Detrás de su nombre hay una idea sencilla pero poderosa: reconocer la riqueza del campo y demostrar que las mujeres rurales pueden convertirse en empresarias de sus propios sueños. 

Con el paso del tiempo, aquella huerta se convirtió en un espacio para compartir saberes, construir tejido social y abrir nuevas oportunidades. En una vereda donde muchas mujeres pasaban gran parte de sus días entre las labores del hogar y las responsabilidades de la finca, AMURAEN nació para recordarles que también podían crecer juntas, aprender juntas y construir un futuro más próspero desde la tierra que aman. 

ÉRAMOS SOLO VECINAS 

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Gloria Elizabeth Rodríguez, una de las líderes de la asociación nos cuenta que la historia comenzó en un terreno que muchos veían como un lote abandonado. Ellas vieron una oportunidad. Allí sembraron las primeras semillas de cilantro, cebolla, pepino y habichuela. Pero también sembraron algo mucho más profundo: confianza entre vecinas que apenas se conocían.  

"Al comienzo cada una permanecía en su casa. Sabíamos quién era la señora de la tienda o quién vivía en determinada finca, pero realmente no nos conocíamos", recuerda Rosa Mélida Barrera, quien llegó a la región hace 25 años buscando la tranquilidad que no encontró en otros lugares. 

Con el paso de los meses la huerta dejó de ser únicamente un espacio de producción. Se convirtió en un lugar para conversar, compartir historias, intercambiar conocimientos y acompañarse mutuamente. 

Hace apenas unos años, muchas de ellas apenas se conocían. 

Vivían en la misma vereda, recorrían los mismos caminos y compartían dificultades similares, pero cada una enfrentaba sus preocupaciones desde la soledad de su hogar. Entonces surgió una idea sencilla: crear una huerta comunitaria. 

LA ASOCIACIÓN: UNA RAZÓN PARA SALIR DE CASA 

Muchas de las integrantes son mujeres mayores de 40 años. Algunas viven solas. Otras enfrentan enfermedades o dificultades económicas. Sin embargo, todas encontraron en la asociación una razón para salir de casa y volver a sentirse parte de una comunidad. "Yo vivo sola. Para mí la asociación significa compañía, amistad y aprendizaje", cuenta María Elina Pulido. 

Historias como la de María Elina se repiten entre las integrantes de AMURAEN. Algunas enfrentan problemas de salud. Otras viven lejos de sus hijos. Varias son mujeres mayores que encontraron en la asociación una razón para salir de casa, mantenerse activas y sentirse útiles. 

"Algunas viven solas y, en ocasiones, eso puede generar sentimientos de tristeza o depresión. Compartir en la asociación y participar en las actividades les da ánimo, las motiva y las hace sentir muy felices", explica Luzeli Torrijo, integrante de la organización. 

Mientras unas trabajan en la huerta, otras comercializan los productos. Todas aportan desde sus capacidades. 

"Somos mujeres solidarias, berracas y muy unidas. Todas trabajamos por un mismo propósito y avanzamos juntas hacia los mismos objetivos", afirma Astrid Rodríguez, encargada de la economía popular de la asociación. 

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DEL HUERTO AL TRABAJO COMUNITARIO 

Gracias al trabajo colectivo, los productos que salen de la huerta abastecen los hogares de las asociadas y también llegan a mercados locales. Lo hacen bajo un principio que las mujeres defienden con orgullo: producir de manera responsable y sostenible. 

Ese sentimiento se repite en cada conversación. Ellas hablan desde la sororidad. Mientras unas limpian los cultivos, otras cuentan anécdotas de su juventud. Entre una cosecha y otra surgen consejos, risas y palabras de aliento. 

"Nos encanta compartir con las mujeres mayores. Nos cuentan historias y conocimientos que muchas veces nosotros no alcanzamos a conocer. Verlas activas y felices es algo muy bonito", afirma Luzeli Torrijo, quien regresó a vivir al campo hace once años junto a su familia. 

En una época en la que la soledad afecta cada vez más a las personas mayores, especialmente en las zonas rurales, AMURAEN ha demostrado que el trabajo colectivo también puede sanar. Las mujeres lo dicen sin rodeos: aquí encontraron una familia. 

Una familia que se acompaña en los momentos difíciles y que también celebra cada pequeño logro. Porque la solidaridad es una de las principales cosechas de esta asociación. 

Con rifas, ventas de productos y actividades comunitarias apoyan a adultos mayores de la vereda, entregan regalos a los niños en épocas especiales y organizan jornadas solidarias para quienes más lo necesitan. 

YA HABÍA COLMENA; FALTABAN ABEJAS 

La historia de la asociación tomó un nuevo rumbo cuando llegaron las abejas. Lo que comenzó como una capacitación terminó despertando una pasión compartida. Gracias al acompañamiento del SENA y al trabajo articulado con el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), varias integrantes comenzaron a formarse en apicultura y a comprender la importancia de estos polinizadores para la producción de alimentos y la conservación de los ecosistemas. 

"Aprendimos que no se trata solamente de producir miel. También se trata de cuidar las abejas y protegerlas, porque sin ellas no habría alimentos", explica Luzeli. Las mujeres descubrieron que las abejas tenían mucho que enseñarles: disciplina, organización y trabajo en equipo. 

"De las abejas he aprendido la unión. Son trabajadoras, organizadas y siempre trabajan juntas para alcanzar un objetivo común", dice Gloria. 

Y quizás por eso encontraron en ellas un espejo de lo que ocurre cada semana en la asociación. Porque, al igual que una colmena, cada mujer aporta desde sus capacidades para que el proyecto avance. Mientras unas trabajan en la huerta, otras apoyan la comercialización. Algunas lideran actividades comunitarias y otras comparten los conocimientos que han adquirido durante años de experiencia en el campo.

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EL ICA: UN ALIADO PARA EL CRECIMIENTO DE LA COLMENA 

El esfuerzo colectivo ha sido fortalecido por el acompañamiento técnico del ICA. 

A través de la estrategia de extensión zoosanitaria, la entidad ha brindado capacitaciones y orientación para fortalecer las capacidades de las productoras rurales en temas como el uso responsable de agroquímicos, la protección de los polinizadores y el mejoramiento de las condiciones sanitarias de la actividad apícola. 

Gracias a este proceso se logró la formalización de 24 predios apícolas, un avance que fortalece la actividad productiva de la región y genera mayores oportunidades para las familias vinculadas a la asociación. 

Para Elisa Tatiana Carvajal Callejas, gerente seccional Tolima del ICA, estas acciones hacen parte de una estrategia que reconoce el papel fundamental de la mujer rural en el desarrollo de los territorios y busca fortalecer sus capacidades para enfrentar desafíos sanitarios y productivos. 

Pero los resultados no se miden únicamente en cifras. También se reflejan en mujeres que recuperaron la confianza en sí mismas. En mujeres que aprendieron nuevas formas de producir. En mujeres que encontraron una red de apoyo donde antes había aislamiento. 

"Antes la vida era más monótona. Ahora tenemos un espacio para compartir, aprender y sentirnos útiles", cuenta Rosa Mélida. 

Cuando cae la tarde en Altos de Betulia, las últimas conversaciones se mezclan con el sonido del campo. Las mujeres guardan las herramientas, revisan los cultivos y observan cómo las abejas regresan a sus colmenas después de una jornada de trabajo. Entonces resulta imposible no pensar que esa colmena se parece mucho a ellas. Porque, al igual que las abejas, han aprendido que el verdadero poder está en trabajar juntas. 

Y porque entendieron que la tierra no solo produce alimentos. También produce amistad. Produce bienestar. Produce comunidad. Y, sobre todo, produce la certeza de que cuando las mujeres rurales se unen, son capaces de transformar un terreno baldío en una oportunidad, una asociación en una familia y una vereda entera en un ejemplo de esperanza. 

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