30 de septiembre de 2026
De la guayaba al bocadillo: una historia que nace en el campo y llega al mundo
Santander, 30 de septiembre de 2026. En Barbosa, Santander, una empresa familiar lleva más de tres décadas transformando la guayaba de la región en uno de los productos que más identifica a esta tierra. Detrás de cada bocadillo hay productores, saberes, manos campesinas y un trabajo sanitario que comienza mucho antes de que la fruta llegue a la fábrica.
Hay olores que tienen la capacidad de llevarnos de regreso a un lugar. Para Lady Joana Sanabria, coordinadora de calidad de Productos Frutidulcs, uno de esos olores es el de la guayaba. El otro es el del bijao.
“Es tan emocionante el olor a guayaba, el olor a bijao. Porque tú te comes un bocadillo que no esté empacado en bijao, sino en plástico, y no es lo mismo”.
En Barbosa, Santander, esos aromas cuentan una historia que comenzó en 1993, cuando José Carmelino Caicedo puso en marcha una pequeña fábrica artesanal de bocadillo. En ese entonces, eran apenas tres personas. Don Carmelino era jefe de producción, de compras y de ventas. Hacía prácticamente de todo.
Más de tres décadas después, Productos Frutidulces cuenta con cerca de 25 trabajadores, nuevas máquinas, más productos y una familia que sigue siendo el corazón de la empresa: Pedro Caicedo, hijo mayor de José Carmelino y administrador; Daisy Caicedo, encargada de las redes sociales y de acompañar ferias y eventos de comercio internacional; Juliana Caicedo, al frente de recursos humanos y contabilidad y Diego Caicedo, jefe de producción.
Lady Joana, además de coordinar la calidad, es esposa de Pedro.
“Ese es nuestro plus. Ese engranaje de cargos familiares nos da un plus”, cuenta. Es una empresa que ha crecido en instalaciones, maquinaria, innovación y generación de empleo, pero que todavía tiene un sueño pendiente: dejar el lugar que hoy ocupa en arriendo y tener una planta propia.

Una historia protegida por el territorio
Hablar de un bocadillo veleño con denominación de origen es hablar de mucho más que de una marca. En 2017, la Superintendencia de Industria y Comercio reconoció la Denominación de Origen Bocadillo Veleño. En diciembre de ese año, Productos Frutidulces se convirtió en la primera empresa en obtener la autorización para utilizar este sello.
Hoy son ocho empresas autorizadas: una en Barbosa, una en Moniquirá y seis en Vélez. La denominación protege un territorio, unas materias primas y, sobre todo, un saber hacer. El Bocadillo Veleño con Denominación de Origen debe producirse dentro de los municipios que hacen parte de esta zona protegida: Barbosa, Vélez, Puente Nacional y Guavatá, en Santander, y Moniquirá, en Boyacá.
La guayaba también tiene que ser la propia de la región: la guayaba criolla.
Y hay conocimientos que no aparecen escritos en una máquina. Están en las manos de quienes cultivan la fruta, procesan el bijao, preparan la mezcla, cortan el bocadillo y conocen los tiempos y las características que hacen que ese producto sea lo que es.
“Eso es lo que protege: el saber hacer y las materias primas”, explica Lady Joana. Por eso, cuando un bocadillo llega a la mesa, detrás hay mucho más que una preparación dulce. Hay territorio.
Todo comienza en una guayaba
La historia de un buen bocadillo comienza mucho antes de entrar a la fábrica. Comienza en un cultivo. Y ahí aparece una de las preocupaciones que más apasiona a Lady Joana: lograr una relación más cercana y estable entre quienes producen la guayaba y quienes la transforman. La fruta no está disponible durante todo el año. Hay épocas de abundancia y otras de escasez.
Cuando hay demasiada guayaba, los productores necesitan encontrar quién les compre. Cuando escasea, las fábricas necesitan conseguirla. En medio de esa dinámica aparecen los intermediarios.
“Nos duele en el alma que el campesino pierda cuando sale una sobreproducción de guayaba”, dice Lady Joana.
Por eso, uno de los sueños de Frutidulces es fortalecer la compra directa al productor. No se trata solamente de reducir intermediarios. Para la empresa, esa relación permitiría garantizar que la fruta sea la indicada para elaborar el producto, que cumpla las condiciones de calidad y que el campesino tenga una relación comercial más cercana con quien transforma su cosecha.
“Esa es nuestra meta y ese es nuestro objetivo y ese es nuestro sueño: hacer el contacto directo con el campesino”.
El ICA: un eslabón que comienza en el campo
En esta cadena, el trabajo del ICA aparece mucho antes de que la guayaba se convierta en bocadillo. Para Lady Joana, el acompañamiento técnico a los productores y las Buenas Prácticas Agrícolas (BPA) son fundamentales para que la industria pueda recibir una fruta de calidad.

“Si yo no tengo una buena guayaba, si la calidad de mi guayaba no me da, a mí se me va a cambiar el color en el producto, el sabor en el producto, la durabilidad del producto”. Por eso considera que el trabajo del Instituto con los predios productores hace parte de un engranaje que conecta el campo con la transformación industrial.
“Si yo tengo una buena guayaba, donde el ICA ha aportado su granito de arena en ese cuidado, en esas buenas prácticas agrícolas, y el campesino le ha acogido al ICA, yo voy a tener una excelente guayaba y el consumidor va a tener un excelente bocadillo”.
Es una cadena en la que cada eslabón importa. El productor cuida el cultivo. El ICA acompaña y fortalece las condiciones fitosanitarias. La industria transforma. Y el consumidor recibe el resultado.
Del campo a otros lugares del mundo
El mercado nacional es importante, pero también es un mercado altamente competido. Por eso, Frutidulces ha decidido mirar hacia afuera. A través de Fedeveleños, la empresa ya ha abierto mercados en Reino Unido, cuenta con un cliente en Francia y recientemente llegó a Canadá. Ahora busca ampliar su presencia en Europa y explorar nuevos mercados.
La innovación también hace parte de esa apuesta. Este año presentó un bocadillo con ají, con la mirada puesta en el mercado mexicano. Antes había experimentado con combinaciones de guayaba y frutas como arasá, gulupa y naranja, además de café.
La intención es que la tradición pueda conversar con nuevos sabores sin perder su esencia. Porque innovar no necesariamente significa dejar atrás lo propio. A veces significa encontrar nuevas formas de contarle al mundo de dónde venimos.
Una tradición que también se transforma
El compromiso con el futuro también se refleja en los empaques. El bocadillo tradicionalmente estuvo asociado a las cajas de madera. Sin embargo, Productos Frutidulces ha migrado buena parte de su producción con denominación de origen a empaques de cartulina, buscando reducir el uso de madera y avanzar hacia alternativas más sostenibles.
La empresa también mantiene la mirada puesta en mejorar los procesos de producción y en fortalecer los vínculos con quienes hacen posible la materia prima. Porque crecer no significa solamente producir más. Significa producir mejor.
Juntos vamos a construir la Patria Milagro, conquistando corazones desde el campo, fortaleciendo sus cadenas productivas y haciendo que los sabores y saberes de Colombia lleguen cada vez más lejos.
